DE VIAJES
12 13 Entrevista Llegar hasta el Castillo de Alaquàs, subir las escaleras, y adentrarse en sus salas nobles va a suponer, durante el tiempo que se prolongue la exposición De Viajes (2008- 2018) de Calo Carratalá un ejercicio para los sentidos; un recorrido en el que la contemplación, alentada por el ritmo que marcan sensibilidad y emoción, avanzará por senderos de introspección y búsqueda. Paisajes traídos de lejos y de no tan lejos, pinturas sobre las que la mirada se fija y permanece, se eleva, busca escondite, refugio, o halla al fin paraísos íntimos perdidos en el tiempo y la memoria. Visitar esta muestra supone una oportunidad para poder acercarse a la obra realizada en los diez últimos años por este artista coherente, inconformista y perseverante, de oficio demostrado y talento infinito; un viaje que nos llevará a atravesar sus selvas inhóspitas, frondosas, las vegetaciones misteriosas reflejadas en sus ríos; nos hará sentir el silencio que transmiten imponentes montañas, el frío y la soledad que irradia su nieve blanquísima, pisar sus tierras y cubrirnos con sus cielos. Es también un buen momento para hacer un repaso a su trayectoria, charlar con él sobre su vida; sus inicios en el ámbito artístico, los viajes, sus referentes en la pintura, la manera de enfocar su trabajo, sus preocupaciones presentes y futuras; en definitiva, conocerle un poco más para poder, así, entender y valorar mejor su obra. ¿Cómo fueron tus inicios en el mundo del arte? Empiezo a pintar en el taller del escultor Vicente Pallardó, al que todos por entonces llamábamos “el mestre”. En esa época en Torrent, después del colegio, o bien ibas al gimnasio Herca, a música… o al estudio de don Vicente. Como me gustaba pintar, siempre estaba con libretas, con lápices… me apuntó mi madre a las clases del mestre y es allí donde comienzo, copiando láminas, que es lo que hacíamos como iniciación, para después, paulatinamente, ir aprendiendo otras disciplinas como escultura o pintura. Continué yendo hasta que me matriculé en la Facultad de Bellas Artes, bastantes años después. ¿Cómo te recuerdas de pequeño?, ¿eras un niño retraído, solitario, que pasaba horas dibujando? No, siempre me ha gustado tratar con la gente, independientemente de que sea algo tímido en ocasiones. Me encantaba estar con mis amigos y lo pasaba bien. No era el típico raro ni el niño solitario que se escondía para pintar en un rincón, no (risas). Me gustaba más pintar, más pintar que jugar al fútbol, pero, bueno, he socializado siempre con todo el mundo, aunque, en el fondo, la práctica artística acaba siendo muy solitaria. ¿Siempre tuviste claro que querías estudiar Bellas Artes? Sí, la verdad es que siempre tuve claro desde muy pequeño que quería ser pintor, a pesar de ser consciente de que no iba a ser un camino de rosas. Una vez acabada la carrera, aposté de lleno por el mundo de la pintura, pensando que, si al final no podía vivir de ella –tras haberlo intentando con todas mis fuerzas–, me dedicaría a cualquier otra cosa tranquilamente, sin traumas. Mirando atrás, creo que de no ser pintor hubiera elegido una profesión que no tuviera nada que ver, desvinculada totalmente del arte… y ya puestos a imaginar, si ejerciendo esa otra actividad hubiese ganado dinero...sería coleccionista (risas). ¿Antes de dedicarte plenamente a la pintura, no realizaste otros trabajos? Mientras cursaba bachiller –lo hice nocturno–, trabajé por las mañanas en la empresa de mi padre, luego en una imprenta, después hice la mili... y a la vuelta, con el dinero que había cobrado del paro, me matriculé en Bellas Artes. Durante un tiempo fui profesor en la Facultad de Teruel, pero lo dejé porque me interesa la vida de pintor más que la de docente, aunque sí que he colaborado como profesor en distintos cursos de verano con las universidades de Teruel y Valencia. Estos cursos suelen durar unos días y me sirven para distanciarme un poco del estudio y seguir en contacto con el mundo universitario. ¿Cómo viviste tu paso por la Facultad de Bellas Artes? La Facultad de San Carlos, a principios de los 80, era muy divertida. Me lo pasé muy bien esos años, éramos jóvenes, había compañeros de distintas partes de España, teníamos ganas de compartir experiencias; fue muy enriquecedor. Valencia dejaba de ser una capital de provincias, empezaba a ser algo mucho más vivo y por aquella época, culturalmente hablando, pasaron muchas cosas. En la facultad, además, se trabajaba muchísimo y yo era de los que llegaban a las ocho de la mañana y estaba hasta el final, todo el día. A mí me gustaba ir a clase, sobre todo a las clases prácticas, que como pintor eran las que más me interesaban. ¿Hubo algún profesor que te marcara o que influyera en tu trayectoria? A mí Eduardo Sales me gustó muchísimo, también me gustó mucho en esa época Miguel Ángel Ríos, que me dio Dibujo y, sí, algunos otros. Luego, fue acabar la carrera y empezar a ganar premios como un loco. Bueno, no fue tan rápido (risas), me costó un poco más. La verdad es que he ganado algunos certámenes de pintura, la obra ha sido reconocida… Yo acabé la facultad y seguí pintando, algunos compañeros se metieron en tesis, Marisa Giménez Soler
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